domingo, 21 de mayo de 2017

Los coleccionistas


No podemos saber quiénes somos si no nos conocemos y entendemos quién fue Goya y por qué pintó lienzos como “El fusilamiento del 3 de mayo”. Tampoco podemos comprender el siglo XVII sin obras como “El Quijote” de Quevedo.

(Genoveva Casanova al recibir un premio por promover la cultura como directora de proyectos de la Casa de Alba).




En las últimas semanas han ocurrido cosas interesantes en las subastas de arte. Hace un par de días este cuadro sin título de Basquiat se vendió por 99 millones de euros (a los que habrá que sumar comisiones e impuestos). 



   Sin duda se trata de una obra impactante. Ha sido adquirida por el millonario japonés Yusako Maezawa, el cual se dedica al comercio electrónico a través de internet. El anterior dueño del cuadro había pagado por él 19.000 dólares en 1984. Es decir que el cuadro en cuestión se ha revalorizado a un ritmo cercano al 200% al año desde entonces. Eso es lo que se llama una buena inversión. 

   La semana ya había empezado fuerte porque el pasado día quince esta obra de Picasso fue vendida por 41 millones de euros. 



   Pura belleza. El mismo día esta escultura barnizada en bronce de más abajo, obra del rumano Constantin Brancusi (1876-1957), alcanzó los 52 millones de euros pese a que ni siquiera es una pieza única ya que forma parte de una serie de media docena de obras iguales, las cuales a su vez son copia de una gran cabeza en mármol que se encuentra en un museo estadounidense.  



   Sin embargo a mí me interesa otra venta de una escultura, en parte parecida a las de Brancusi, aunque mucho más antigua. En concreto el día 28 del mes pasado salió a la venta esta pieza de la colección Guennol y rápidamente se vendió por más de 13 millones de euros. 



Se trata de una extraña figurilla religiosa elaborada entre el 3.000 y el 2.200 a.n.e. en tierras de la actual Turquía y que se conoce como “El astrónomo Guennol”. En el mundo existen solo quince de estas esculturas (conocidas como ídolos de Kiliya), las cuales pertenecen a un período y una cultura de la que no se sabe gran cosa. El resto de estatuillas parecidas existentes o se encuentran en museos o se han vendido por cifras muy inferiores, en torno al millón de euros. Sin embargo en este caso podría decirse pese a todo que la compra ha sido una "ganga" (vamos a obviar por una vez el tema de la evidente inflación de los precios del arte porque en este caso hablamos más bien de un resto arqueológico). De hecho en el año 2007 esta otra estatuilla de la misma colección, al parecer la representación de una ¿diosa? irania de hace 5.000 años y conocida como la “Leona Guennol”, alcanzó en subasta un precio de 40 millones de euros.


Así que hoy se me ha ocurrido hacer una entrada rápida para explicaros brevemente qué es eso de la colección Guennol, de la que seguro que los interesados en estas cuestiones seguiremos oyendo hablar en el futuro.

La "colección Guennol" nació en 1947 y es simplemente un conjunto de piezas reunidas de forma privada por el matrimonio formado por Alastair Bradley Martin y su esposa Edith Park. El nombre de la misma proviene de una palabra galesa, gwennol usada para referirse a varias cosas, entre ellas a un pájaro que nosotros llamamos "golondrina", creo. El caso es que la palabra en cuestión gustó mucho a la señora Martin durante su viaje de luna de miel por aquellas tierras y por eso acabó denominando al pasatiempo favorito del matrimonio durante los siguientes años: su colección de objetos de arte.

Hay que decir que la pareja podía permitirse adquirir obras de arte casi a voluntad porque tenía dinero, mucho dinero. Y tiempo libre para gastarlo. Alastair en concreto fue un exitoso hombre de negocios de los EE.UU. descendiente de una importante familia de la costa Este (su abuelo fue socio de Andrew Carnegie). Además era una persona que no se limitó a centrarse en el mundo de los negocios, ni mucho menos, tal es así que incluso llegó a ser toda una personalidad en el mundo del tenis amateur. De tal forma Alastair sumó a la posesión de dinero una energía y una buena estrella muy particulares que brillaron con luz propia en lo referido a sus actividades lúdicas y filantrópicas, entre las que empezó a incluirse la adquisición de piezas de arte a finales de los años 40 como ya expliqué.

Llegados a este punto podría argumentarse que reunir montones de obras de arte no es algo para nada extraordinario, muchos millonarios han hecho lo mismo y lo siguen haciendo en la actualidad. Por ello lo que separa la colección Guennol de otras es su enfoque muy particular y el desmedido éxito del mismo, producto quizás del buen gusto, quizás de la suerte.

En primer lugar el matrimonio renunció a coleccionar pintura moderna, como empezaba a resultar habitual ya en aquella época y es muy común en la actualidad. En cambio los Martin se centraron en piezas de valor arqueológico a la vez que artístico, sobre todo piezas de cerámica, orfebrería y esculturas del período Calcolítico y la Edad de los Metales en general, a las que con el tiempo sumaron también objetos procedentes del medievo, esculturas de obsidiana precolombinas, o de jade realizadas en Asia, e incluso arte africano, siempre con preeminencia como digo de esculturas realizadas en bloque y de pequeño tamaño con formas próximas al arte abstracto de nuestro tiempo pero que en muchos casos fueron manufacturadas hace varios siglos o milenios.
  







  

Más allá de ese criterio muy general el matrimonio Martin prescindió de cualquier enfoque organizado, no se centraron en períodos concretos ni en una cultura determinada. En cambio se dedicaron a comprar piezas sueltas, no demasiadas, del orden de cinco o diez cada año hasta que les fueron surgiendo nuevas pasiones (por ejemplo la pareja se interesó durante los años 70 por la protección de los animales), todo ello mientras mantenían como principal criterio el que sus adquisiciones fuesen básicamente “bonitas” según su opinión particular. 

Lo anterior les llevó por ejemplo a adquirir algunas piezas que en aquel momento estaban en el mercado al no conocerse en detalle su origen o su período de elaboración y a las que por tanto casi nadie prestó atención. Y lo inesperado es que con el tiempo, tal vez debido al puro azar o quizás porque el matrimonio poseía un oculto sexto sentido para identificar obras notables, lo cierto es que la mayor parte de objetos reunidos en la colección han ido adquiriendo un renombre, un valor y, en ocasiones, un interés histórico importante. Con ello la cotización de algunas piezas se ha disparado a muchos millones desde las cifras a veces irrisorias (en bastantes ocasiones apenas varios cientos de dólares de la época) pagados en su momento por el matrimonio para hacerse con ellas.

Finalmente Edith falleció en 1989 y Alistair murió en 2010 por lo que desde hace un tiempo la colección se desintegra poco a poco entre cesiones a varios museos y el interés de los herederos por obtener "cash" de vez en cuando.

Por ello deseo aprovechar para dejar constancia aquí de mis ambivalentes sensaciones al respecto de esta colección que me resulta fascinante pese a sus matices un tanto perversos e inmorales. A fin de cuentas se trató del capricho de dos pijos de la alta sociedad con ínfulas artísticas que se dedicaron a adquirir restos antiguos casi al azar, sin pretensión de centrarse en el legado de civilización alguna, ni importarles demasiado el contexto en que habían aparecido los objetos en cuestión (por ejemplo el Gobierno turco piensa impugnar la venta en subasta de “El astrónomo” lo que va a dar lugar sin duda a un pleito interesante). En ese sentido su colección transpira un espíritu casi próximo a los “gabinetes de curiosidades” que poseían algunos nobles y monarcas europeos de hace varios siglos, cuando los jerarcas reunían en sus palacios, acumulándolas sin aparente lógica, piezas diversas pertenecientes a períodos y lugares variados, siempre bajo el único común denominador de que los objetos en cuestión les resultaban hermosos o intrigantes.

Resulta muy extraño ver en pleno s. XX  algo así, tan caótico, pero lo cierto es que paradójicamente este enfoque, por lo que sea, dio lugar a una colección bastante más interesante que otras reunidas siguiendo métodos mucho más científicos y cartesianos.

Por otro lado todo esto me trae a la mente otras reflexiones. A fin de cuentas en fechas todavía no muy lejanas las clases privilegiadas aspiraban, con mayor o menor éxito, a diferenciarse del "maloliente populacho" no solo a través del control de la riqueza sino también mediante la posesión de cultura, entendida como un signo distintivo más. De ahí que las élites de ciertos países (en ese sentido las élites ibéricas y latinoamericanas desde hace tiempo se han distinguido de otras por su vulgaridad y desgana hasta en lo relativo a este aspecto) entendiesen casi como algo consustancial al mantenimiento y justificación de su posición privilegiada la necesidad de dotarse de unos conocimientos mínimos sobre arte, historia, literatura o filosofía (campos de conocimiento sin una utilidad inmediata a los que no podían bajo ningún concepto dedicar su tiempo las personas "vulgares" que debían trabajar para ganarse la vida) y a la vez realizar de vez en cuando actos de evergetismo y de cierto "buen gusto" relacionados con esa dimensión cultural de la que hablo: desde el pago de una nueva biblioteca para una institución educativa a la donación de una colección de arte al final de sus vidas. "Desgraciadamente" durante las últimas décadas el acceso masivo a la educación, incluso universitaria, por parte de los hijos de la "plebe" ha devaluado a los ojos de esas castas dirigentes la posesión de una amplia base cultural como signo distintivo y muestra de sofisticación. Tal es así que hoy en día las universidades de élite sirven a esos grupos apenas para establecer redes de contactos, no tanto para adquirir una pátina de refinamiento humanístico que a los retoños de la aristocracia capitalista ya no les resulta indispensable al modo en que lo era para las élites victorianas o austrohúngaras de antaño. 

   Por eso, desde hace un par de décadas, estamos evolucionando hacia un mundo chabacano donde los grupos sociales que controlan el grueso de la riqueza ya no sienten siquiera la necesidad de distinguirse de sus siervos manteniendo la ficción de una pretendida superioridad intelectual en sentido amplio, es decir relacionada con la posesión de una cierta erudición o el papel de guardianes de un legado inmaterial. Muy al contrario, ahora los grupos sociales que acaparan los recursos entienden que, antes que dedicarse al patronazgo cultural, es mucho más útil para sus intereses hacerse por ejemplo con el control de los medios de comunicación o con la dirección de franquicias deportivas como vía que les proporcione popularidad, beneficios, y a la vez contribuya al mantenimiento de una paz social muy conveniente para sus intereses. 

En fin. Dejadme por tanto con mi nostalgia irracional y probablemente incoherente de una época en que a buena parte de los amos les interesaba al menos de forma ocasional el ejercer como mecenas de artistas realmente talentosos o adquirir objetos antiguos y bellos. Hoy somos todos tan libres e iguales que nuestros dueños ya ni siquiera necesitan gastar unas monedas en esas cosas salvo para blanquear partidas de dinero dudosas o lograr exenciones fiscales. Así que son malos tiempos para todo el que no sea un mediapunta talentoso o no sepa gruñir con ritmo mientras muestra a cámara su hermosa y blanca sonrisa. 

                       

viernes, 5 de mayo de 2017

Siempre hay tres en la colina


Sé exactamente a que te refieres. Déjame decirte por qué estás aquí. Estás aquí porque intuyes algo. No lo puedes explicar, pero lo sientes. Lo has sentido toda tu vida. Hay algo equivocado en el mundo. No sabes lo que es, pero está ahí, clavado como una astilla en tu mente, volviéndote loco. Es este sentimiento el que te ha traído hasta mí. ¿Sabes de qué estoy hablando?

Morfeo en “Matrix”


Llamémoslo serendipia, aunque no es un término exacto de cara a definir el fenómeno en cuestión. El caso es que cuando uno comienza a interesarse de verdad por el pasado histórico y dedica muchos años a leer sobre ello inevitablemente acumula un respetable volumen de información que le permite proyectarse sobre ciertos acontecimientos de tiempos pretéritos, visualizar escenas, ambientes, realidades... y tomar nota de algunos aspectos peculiares que se intuyen tras todo ello.  

Una de las ideas que primero se asumen al respecto, después de mucho repensar sobre la lógica de la Historia, es que el mundo no solo se divide entre ricos y pobres sino que de una forma un poco más sutil se encuentra dividido entre las personas que cuentan, las que están llamadas a pasar a la Historia, por un lado, y por otro las personas irrelevantes como tú y como yo, es decir los individuos con existencias que, lo admitamos o no, resultan totalmente irrelevantes cuando se piensa en el global de la Humanidad.

Lo interesante, lo curioso, es que cuando además uno escarba en las biografías de esas personas que cuentan comienza a apreciar algo parecido a una tendencia, como una regularidad: y es que la mayor parte de tales individuos se conocen entre sí desde su más tierna infancia.