martes, 4 de febrero de 2014

La gran ola japonesa (I): Hokusai


- Oh, Dios mío. ¿Qué es esto?
- Es un pulpo dándole placer a una dama. Era de Cooper. Ha estado siempre en su despacho. Puedes quedártelo y ponerlo en el tuyo.
- No. No me tomarían en serio.
- Es bastante serio. Tiene ciento cincuenta años.

("Mad men" episodio doce de la séptima temporada) 






     Durante la época conocida como período Edo (1603-1868) Japón estuvo gobernado por el Shogunato Tokugawa, el cual a los pocos años de hacerse con el poder cerró el país a todo contacto exterior. Los cristianos fueron perseguidos y los comerciantes europeos expulsados, todo lo cual visto desde la perspectiva japonesa supuso el arranque de una etapa de paz y cierta prosperidad tras las guerras civiles acaecidas en Japón durante los siglos XV y XVI. Es cierto que más adelante ese aislamiento también implicó un estancamiento tecnológico y económico, pero esto último solo se hizo evidente ya bien entrado el s. XIX por lo cual el período Edo sigue siendo valorado hoy de una forma mayormente positiva. 

     Durante dicho período, aunque Kyoto seguía siendo la sede de la corte imperial, la capital propiamente dicha se estableció en Edo (la actual Tokyo), lo que contribuyó a dar nombre a esa etapa histórica. Pero no solo eso. Tras su cambio de status dicha ciudad creció con gran rapidez, especialmente tras su reconstrucción en 1657 debido a un gran incendio en el que murieron más de 100.000 de sus habitantes y que la destruyó casi por completo (un fenómeno común en aquellos tiempos; Londres por ejemplo sufrió también un inmenso incendio nueve años más tarde). Tras recuperarse de aquella catástrofe Edo se convirtió definitivamente en una de las ciudades más populosas del mundo con más de un millón de habitantes (y de las más hermosas y limpias, algo que ya no era tan común por entonces). Además ese crecimiento se sostuvo en el tiempo y por ello a finales del s. XVIII o comienzos del XIX la ciudad llegó a poseer una población de casi dos millones de habitantes.

    Mientras todo esto ocurría, ya desde finales del s. XVII, se desarrolló en torno a Edo y su Distrito Rojo de Yoshiwara (dedicado al ocio en general y al sexo en particular) una cultura hedonista y vital, interesada en diversiones y placeres mundanos que poco a poco se expandió hacia otras ciudades importantes del período, especialmente Osaka y Kyoto. Esa cultura recibió el nombre de “mundo flotante” o ukiyo, perfectamente descrita en la obra de Asai Ryoi, "Ukiyo monogatari" (1661): "vivíamos sólo para el momento, volviendo plenamente nuestra atención a los placeres de la luna, de la nieve, del cerezo en flor y de las hojas multicolores del arce; cantando canciones, bebiendo vino, divirtiéndonos, flotando, flotando, volviendo la cara a la miseria, negando el desaliento, nos dejamos llevar como una calabaza flotando en la corriente del río; esto es lo que nosotros llamamos el mundo que fluye, el mundo pasajero".

     Todo lo anterior tenía mucho que ver, primeramente, con un cambio social de base. Sobre todo a partir del s. XVIII algunas ciudades japonesas se convirtieron en el núcleo de una próspera clase media de comerciantes y empresarios (los chonin) quienes pese al sistema socioeconómico de tipo feudal imperante consiguieron ir creciendo en importancia través del control de la producción de artesanía y el comercio interior.

     A la vez que el cambio socioeconómico anterior tenía lugar, producto a su vez de la estabilidad política, se dio también una transición en el ámbito de la cultura y las mentalidades. Esa clase “burguesa” que fue creciendo en poder e influencia poco a poco se dedicó al fomento de la producción de cerámica, muebles lacados o productos textiles, es decir productos de lujo, así como de artes en función de una estética que ya no se correspondía totalmente con los gustos de los daimyos guerreros que hasta entonces habían impuesto sobre el resto de la sociedad su visión del mundo. Por supuesto, debido a todo el proceso anterior, también cobró un gran auge el grabado en madera -sobre el que volveré más adelante-, surgiendo una importante industria en núcleos urbanos especializada en textos ilustrados y estampas. 

   En resumen, en Japón se produjo durante esa época, por así decirlo, un cambio de mentalidad colectiva parecido a la que había ocurrido en Europa unos siglos antes cuando en todos los órdenes de la sociedad se dejó atrás el medieval, cristiano y resignado memento mori ("recuerda que morirás") por el más epicúreo y renacentista carpe diem o “aprovecha el momento”. Giro conceptual que pasó a impregnar y cambiar todo el arte o la literatura europeos a la vez que el orden feudal era sustituido por el de los Estados modernos y la nobleza guerrera así como la clase sacerdotal empezaban a tener que convivir en las ciudades con grupos de comerciantes ricos y educados los cuales estaban en condiciones de fomentar cambios en el arte acordes a sus particulares gustos. En el caso de Japón ocurrió algo parecido y después de dos siglos de guerras feudales poco a poco se fue asentando en el archipiélago nipón un Estado garante de la paz en el territorio en torno al que, con el tiempo, se produjo el cambió desde una mentalidad budista medieval que resaltaba lo ilusorio y transitorio de la vida -y se recomendaba atender sobre todo a cuestiones espirituales relacionadas con el más allá- hacia otra nueva mentalidad más humanista y lúdica bajo la cual se pasó a disfrutar al máximo y sin  complejos cada día de la vida en este mundo porque, al fin y al cabo, ese día puede ser el último. En otras palabras, se empezó a hacer honor al "comamos y bebamos que mañana moriremos".

    Como no podía ser de otra forma esa cultura hedonista que floreció en los momentos centrales del período Edo tuvo sus consecuencias en la poesía, la novela, el teatro, la pintura e incluso la música. De hecho es gracias a esa mutación sociocultural que el teatro kabuki surge y finalmente desplaza en popularidad al teatro noh más aristocrático y tradicional pero menos lúdico y animado; también debido a estas cuestiones se expandieron por entonces el bunraku o teatro de marionetas, los combates de sumo, los barrios de placer para las oirán (predecesoras de las geishas), un nuevo estilo de composiciones para interpretar mediante el tradicional koto, a la vez que se introdujo el shamisen como instrumento, etc. (En la foto siguiente vemos una representación de kabuki a finales del s. XIX)

           
   
     Por cierto, curiosamente es durante este período que marca el declive del samurái como guerrero (y además en cierta forma se preparó la crisis final del mundo feudal japonés) cuando, paradójicamente, cristalizó la imagen (idealizada) que hoy tenemos tanto de los samuráis como, en general, de la supuesta cultura tradicional japonesa.

    Pero en cualquier caso con lo que debemos quedarnos es que a partir del s. XVII, con la llegada de la paz tras las guerras civiles y el auge de una clase "burguesa" en las grandes ciudades –principalmente en Edo–, Japón disfrutó de una época de despreocupación, en la que se valoraban el esparcimiento, la diversión, el relax y en resumen todo lo que hacía la vida agradable. Por tanto la nueva prosperidad y los nuevos gustos se tradujeron en un aumento del consumo de arte especialmente el que retrataba la vida urbana y los ambientes de ocio y entretenimiento.

    Debido a todo lo anterior en cuanto a la pintura y el grabado eclosionó la más conocida de las expresiones culturales del período: las “imágenes del mundo flotante” o ukiyo-e, estampas pintadas primero y reproducidas luego mediante la técnica de la xilografía o grabado en madera. Dicha técnica comenzó a emplearse en Japón en torno al s. VIII siendo usada principalmente para reproducir las ilustraciones de textos budistas, pero en la línea con todos los cambios de los que estamos hablando a partir del s. XV empezó a ser utilizada para reproducir ilustraciones de libros de poemas y romances. Por tanto, en adelante, el secreto del éxito de ese arte ukiyo-e se asentó en que resultaba muy accesible a amplias capas de la población dado que podía ser replicado de forma masiva. Esto era así al basarse en un sistema de producción, copia y reimpresión que alcanzó entonces su cenit y permitía realizar miles de reproducciones de un diseño original a un precio asequible.

    Inicialmente los ukiyo-e consistían en grabados en tinta negra (a partir de mediados del s. XVIII se generalizó y perfeccionó la impresión en color) cuya temática, como se ha dicho, era la vida de la ciudad, particularmente tipos, actividades y lugares de entretenimiento populares (salones de té, teatros, robustos luchadores de sumo y cortesanas en actitudes íntimas y escenas de tocador) todo ello bajo un estilo de corte laico y plebeyo pero conservando el lirismo, sutil sensibilidad y gusto refinado por la belleza que caracterizan el arte japonés en general.

    Una vez explicado todo lo anterior voy a consagrar esta entrada de hoy, así como también la siguiente, a explicar algo que ocurrió con el mundo de las pinturas ukiyo-e entre finales del s. XVIII y mediados del s. XIX centrándome para ello en la obra de dos artistas fundamentales, estúpidamente desconocidos en nuestra historia del Arte occidentalizada donde cada pintor nacional se estudia de forma pormenorizada pero los grandes genios de la pintura china o japonesa, o los mejores escultores hindúes o arquitectos musulmanes simplemente no existen. Vamos a intentar corregir mínimamente eso.

    Pasando directamente al grano podríamos decir que llegados al s. XVIII la pintura japonesa se preparaba para realizar dos transiciones que la llevarían hacia su madurez final. Por un lado recordemos que los holandeses eran desde mediados del s. XVII los únicos comerciantes occidentales a los que se permitía mantener un contacto con el cerrado Japón del período Edo, usando para ello el puerto de Nagasaki. A través de esta relación comercial se introdujeron en Japón múltiples conocimientos de la cultura europea, tanto a nivel artístico como científico, tecnológico, literario, filosófico, etc. Estos conocimientos fueron llamados rangaku («ciencias holandesas»).

    Pues bien en concreto a través del estudio y asimilación de los grabados holandeses que llegaban a Nagasaki algunos pintores japoneses se empezaron a familiarizar con los progresos en cuanto al estudio de la perspectiva que en Occidente se habían realizado durante la Edad Moderna.

     Por otro lado, en segundo lugar, ese perfeccionamiento técnico fue explotado por algunos pintores japoneses sobre todo de cara a una evolución de sus obras hacia temáticas más orientadas a la representación de la geografía y la naturaleza. En otras palabras, algunos grandes pintores japoneses fueron dejando progresivamente de lado los temas centrados en cortesanas, actores de teatro y similares para acercarse a la materialización de una pintura paisajista digna de tal nombre.

     Al final, toda esa evolución de la pintura japonesa se observa perfectamente en la obra de dos autores a través de los cuales dicha pintura alcanzó su perfección… justo antes de entrar en una irremisible decadencia.

     Hoy vamos a acercarnos muy rápidamente a la obra del primero y más grande de los dos: Katsushika Hokusai, conocido simplemente como Hokusai.

    Hokusai nació en Edo a finales de 1760 y le fue asignado el nombre de Tokitaro. Probablemente hijo de una concubina, fue criado por un prestigioso fabricante de espejos. Llegado a la adolescencia trabajó como vendedor en una librería y entre los 15 y los 18 años ejerció como aprendiz de grabador en un taller. Hay que decir que más adelante todo ese temprano conocimiento del mundo del libro y del grabado le resultarían muy útiles en su vida y su obra (por ejemplo, ya adulto llegó a diseñar ilustraciones de libros).

     En el año 1778, con 18 años de edad, se convirtió en discípulo del maestro del ukiyo-e Katsukawa Shunsho, iniciándose así su trayectoria en el mundo de la pintura, trabajo del que viviría el resto de su vida. No obstante sus comienzos fueron duros. Durante los años 80 de ese siglo Japón padeció un período de hambruna generalizada conocido como Tenmei, agravado a su vez por otra serie de desastres como una erupción volcánica al Noroeste de Edo y un gran incendio en Kyoto. Luego los años 90 también fueron difíciles para Hokusai en este caso debido al plano puramente personal. Para empezar Katsukawa Shunsho murió en 1793. Asimismo su primera y joven esposa falleció más o menos por la misma época, dejando a Hokusai con tres hijos a los que mantener e inmerso en una suerte de depresión. Por si fuese poco Hokusai fue, además, expulsado de la escuela y taller Katsukawa a iniciativa de los celosos herederos de Shunsho, envidiosos del favor que el maestro había profesado en vida por un advenedizo ajeno a la familia.

    Todo lo anterior desencadenó un peregrinaje de experimentación de Hokusai por distintas escuelas lo que a la larga, paradójicamente, enriqueció su estilo al abrirlo a distintas técnicas y puntos de vista. Digamos que en esos años la oruga se preparaba para convertirse en mariposa. Finalmente en 1797 se volvió a casar y adoptó el conocido nombre profesional de Katsushika Hokusai el cual, una vez traducido, no deja de ser una especie de topónimo o de dirección referido a la parte de Edo donde nació.

      Hay que aclarar que Hokusai en el fondo nunca llegó a tener un nombre estable, simplemente aquí le denominaremos por el más conocido (Hokusai) de entre las múltiples identidades que adoptó a lo largo de su carrera, ya que durante la misma llegó a cambiar docenas de veces de nombre (además de su nombre principal, Hokusai, solía utilizar otros seudónimos ocasionales que, indistintamente, añadía a su nombre principal en cada momento de su vida). Esos cambios de nombre no eran algo infrecuente en el Japón del período aunque en el caso de Hokusai se convirtió en algo compulsivo hasta la excentricidad y muchas veces relacionado con cambios estilísticos o temáticos en su obra. Es más, Hokusai no solo cambiaba frecuentemente de nombre sino que -movido por su casi siempre precaria situación económica- también se mudaba de taller y domicilio de forma periódica, debido a lo cual a lo largo de su vida residió en más de noventa viviendas diferentes.

   En cualquier caso el cambio de nombre de 1797 hacia Katsushika Hokusai fue decisivo en tanto que marcó el inicio de la edad de oro de su trabajo la cual se prologó prácticamente durante el siguiente medio siglo, hasta su muerte en 1849.

    La llegada a su madurez artística tuvo además mucho que ver con la decisión de Hokusai de desmarcarse del resto de escuelas japonesas del período, pasando a poner énfasis en la representación de paisajes y escenas históricas, siempre a partir de un estilo personal y autodidacta en el que compatibilizó las técnicas y temáticas japonesas tradicionales con algunos elementos de la perspectiva y el colorido propios del arte occidental.

    En conjunto Hokusai dio vida a una gran producción artística integrada quizás por unas treinta mil obras. Resulta difícil cuantificar dado que en 1839 un fuego destruyó su taller y con ello gran parte de sus trabajos. De todas formas, pese a los cientos de ilustraciones para libros y los millares de pinturas para grabados que realizó, Hokusai pasó a la posteridad por un trabajo en concreto: sus Treinta y seis vistas del Monte Fuji, una serie de 36 ilustraciones (más adelante ampliada a 46) realizada entre 1826 y 1833, dentro de las cuales se incluye su obra maestra, La gran ola de Kanagawa.

           
         
      Posteriormente Hokusai intentaría repetir ese éxito, por ejemplo a través de sus Cien vistas del monte Fuji (1834), pero a partir de esos años (y más tras el mencionado incendió de su estudio) su carrera comenzó a decaer a la vez que otros artistas se volvían más populares, sobre todo uno del que hablaré en una próxima entrada, Ando Hiroshige.

     Finalmente Hokusai murió en 1849 dejando tras de sí dos hijos y tres hijas. Curiosamente fue una de las últimas y no un varón quien recogió el guante de mantener su legado artístico. Pero esa es otra historia.

     Señoras y señores con ustedes el Japón de finales del s. XVIII y el primer tercio del s. XIX a través de los dibujos y grabados de Hokusai:


 
  
                 

5 comentarios:

  1. Gran entrada. Espero que en la próxima sobre Ando Hiroshige des tu opinión sobre el Shunga -el arte erótico-, también muy representado en el ukiyo-e y que, aunque suene un poco a broma, fue la máxima referencia para lo que es hoy en día el hentai. Sin ir más lejos, Hokusai tiene el famoso "Tako to ama" (El sueño de la esposa del pescador), inaugurando el género tentacular :D

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  2. Lo cierto es que no lo voy a hacer explícitamente pero voy a aprovechar aquí los comentarios (por eso es importante el feed back, si nadie plantea nada pues a otra cosa y ya está) para desarrollar un par de ideas sobre lo que comentas que es muy interesante.

    1- En general estas primeras entradas del blog van a ser muy divulgativas, por encima, sin entrar en detalles. Además cuando he pensado en este tema me interesaba casi más recalcar otro tipo de influencia que este tipo de arte ha tenido no ya en Japón, sino fuera del mismo (se entiende perfectamente al leer el final de la segunda parte de esta historia). En ese sentido me da la sensación de que Hiroshige ha sido el maestro más influyente hacia fuera de Japón y a nivel de élites mientras que Hokusai lo ha sido hacia dentro y a nivel de cultura popular (entre otras cosas mediante esa vía que comentas) y me interesaba plantear lo primero.

    2- Aunque por ahora estoy colgando entradas aparentemente variadas al azar la mayor parte de ellas corresponden a un plan más a largo plazo. Cada entrada en el fondo va dirigida a sembrar una idea muy sencilla que más adelante empezaré a recombinar con otras ideas sencillitas, para formar ideas algo más complejas.

    En el caso de la pintura voy a dedicar más entradas a tocar tangencialmente cómo la pintura del pasado influye visualmente incluso en la cultura popular del presente. El que me conoce sabe que mi teoría, así en general, es que la imagen visual del pasado histórico remoto que tenemos en Occidente -y que por tanto se difunde por ejemplo a nivel de cómics, superproducciones de Hollywood, seriales de época para televisión, etc.- copia subrepticiamente dos fuentes clave: por un lado la pintura de entre finales del XVIII y comienzos del último tercio del XIX (particularmente la pintura de los historicistas ingleses la hermandad de los prerrafaelitas y pintores así); por otro algo que se ha perdido pero que en su momento influyó, los atrezzos y decorados operísticos del período de donde salieron en su momento “mitos” como los cascos vikingos con cuernos. En general me resulta interesante resaltar como la imagen visual (no tanto la historiográfica sino la visual que tenemos de edificios, ropajes, peinados y cosas así del pasado) se forma fuera de los círculos académicos o bien sale de los mismos pero se difunde no a través de libros de texto sino a través de medios informales como la pintura primero y más adelante el cine, el comic o la televisión.

    Además a ese respecto en el fondo los medios informales del presente, como digo, beben en muchos casos de una suerte de corpus de cuadros más o menos común que no se remonta demasiado en el pasado, de hecho no más de 200 años. O en otras palabras que la imagen que tenemos del mundo “tradicional”, de nuestro pasado remoto, en el fondo es relativamente moderna y artificialmente generada por artistas o intelectuales profesionales.

    Eso, por supuesto, ocurre en otras culturas y en el caso asiático el manga en general, lo que es el hentai y otros productos más “normales” como los interiores y paisajes mostrados en las películas "de samuráis", los decorados y vestuarios de los taiga dramas y demás en mi opinión cogen mucho del ukiyo-e del s. XVIII en adelante. Igual que algunos directores de fotografía de wuxia chinos es probable que tomen cosas de la pintura paisajista china tradicional. Es un tema interesante pero que requeriría una entrada y abundantes ejemplos que por ahora no estoy en disposición de reunir. Más adelante, tal vez.

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  3. Julio de 2014. Unos científicos de Oxford crean la primera pantalla de "nano píxeles" lo que allana el camino para dispositivos con una resolución decenas de veces superior a la actual y con un consumo de energía mínimo. El hallazgo se ha publicado en Nature. ¿Y cual es la imagen que decidieron proyectar como prueba?. Pues "La gran ola de Kanagawa". Curioso cuanto menos.

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  4. Estos días y hasta mediados de Agosto hay una exposición sobre Hokusai en el British Museum.

    http://britishmuseum.org/whats_on/exhibitions/hokusai.aspx

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    1. Muchas gracias por la recomendación. Me encanta como mantienes el blog vivo revisando antiguos artículos, completandolos y respondiendo a las preguntas.

      Descubrí tu blog hace relativamente poco tiempo y he de decir que no he parado de recomendarlo.

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